Hoy tengo entre las manos una página escrita en una lengua muy alejada de la mía.
Ayer todavía no sabía leerla.
Me di una semana.
Al principio no hay más que formas y ruido.
Pero cada día me siento un rato con ella y algo cede: un sonido aquí, una palabra allá, hasta que, poco a poco, los pedazos de una lengua ajena empiezan a ser míos.
Dicen que uno nunca ve de verdad su propia lengua hasta que sale de ella.
Quizá por eso las lenguas lejanas son las que más nos enseñan: cuanto mayor es la distancia, más claro se ve el camino de vuelta a casa.
Y cuando por fin la lea en voz alta, cuando suenen en mi propia voz sonidos del otro lado del mundo, creo que voy a entender para qué sirve una lengua: para llegar hasta alguien que está lejos y, de paso, para oírme crecer un poco.
The passage becomes the lyrics — melodies stick in your head.
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